Elena Santiago PDF Imprimir E-Mail
Colaboraciones - Personal
Escrito por José María Fernández Gutiérrez   
lunes, 15 de marzo de 2010

ImageLo último que he leído de Elena Santiago es La muerte y las cerezas, una novela –y he leído casi todas sus obras- con la que logra, dentro de su peculiar estilo de narrar, una madurez y plenitud encomiables.

La obra, según ha dicho la propia autora, está inspirada por un personaje que vio en la calle y ambientada en Portugal, en la ciudad de Coimbra. Narra la historia de Antonino, el protagonista, y otros seres de destino incierto relacionados con él y aunque la historia esté circunscrita a unos pocos personajes que aparecen en la novela, se trata de estos y de todos los hombres y mujeres que sufren el frío, la ausencia y la ternura anhelada. Viven sin horizontes de paz, amor y felicidad, se encuentran unos con otros y frecuentemente son extraños cuando están juntos. Si el hombre no es “homini lupus” le anda cerca y si el hombre no es lo que le dejan ser los que se cruzan en su vida, anda cerca.

Elena Santiago, Veguellina de Órbigo, León, 1941, es una de las escritoras que ha hecho incursiones con éxito en varios géneros literarios. En poesía y prosa poética destacan sus títulos No estás, Ventanas y palabras y Después el silencio; y en narrativa tras La oscuridad somos nosotros, su primera novela, siguen Ácidos días, Gente oscura, Una mujer malva, Manuela y el mundo, Relato con lluvia y ahora la última, la que nos ocupa, La muerte y las cerezas.

Elena Santiago ha sido galardonada con prestigiosos y variados premios y en 2002 recibió el Premio Castilla y León de las Letras.

La página 115 se me antoja como una especie de resumen y de reunión de reflexiones que hemos ido encontrando a lo largo de la novela. Dice:

“Seguirían mirándose y a Antonino se le borró un poco Manuelina de la cabeza mientras le fue contando a Elina.

—¿Y dices que has estado fuera largo tiempo? Antonino, creo que tienes suerte de salir al mundo y vivir más que los que estamos encerrados en casa.

—Las apariencias, Elina, son una broma. No todo es como parece. Ni somos como se nos ve. Ya ves, he regresado. Y he abandonado mi casa de siempre porque no quería volver ya nunca, ni quería que la pisara Manuelina. Ahora estoy en casa desconocida. No me traje ni los muebles, ni los libros, ni los cuadros. Una especie de locura. Lo malvendí para acabar cuanto antes. Lo peor es que sigo malvendiendo mi tiempo.

Lo único que le quedaba de su vida anterior y que no sabía si tenía sentido, eran los almendros. Cuando florecieran llevaría una brazada de flores a la tumba de su madre que se había quedado como bulto de tierra, sin sepultura de mármol. Esto era algo que quería arreglar, pero no lograba dar los pasos convenientes.

—Mi desidia. Mi miedo a enterrarla más aún. Quizá está bien así, de tierra. Y en primavera, todas las flores encima.

¿No complicaba mucho?

—Me ha complicado la vida. Aún no sé si el destino se puede dirigir o nos dirige, pensemos como pensemos. Estuve en Portugal. Estuve buscando un cambio, y lo encontré.

¡Vaya festín!, le habría dicho desencantado Marcelo Boira.

Quería Elina saber de la mujer que lo acompañaba. Sospechaba una gran indecisión en Antonino y sentía que ella no sería más que una sombra en su compañía.”

De hecho casi todos siempre buscamos un cambio, porque todos anhelamos mejorar, pero frecuentemente nos encontramos con circunstancias y personajes que nos violentan, que tuercen nuestra trayectoria y cambian nuestra búsqueda de amor, paz, felicidad, sabiduría, riqueza y vida plena. A veces las zancadillas nos caen a las personas individualmente, otras a grupos de vecinos y otras a pueblos enteros. Las de las personas nos sobrevienen tal vez por no saber elegir el camino acertado, las de los grupos frecuentemente porque son víctimas de intereses encontrados y las de los pueblos por caer en garras de gobernantes sin escrúpulos y sin preparación.

De las primeras no diré nada ahora. De las últimas tampoco porque la España de ZP ya está derramando bastantes lágrimas con el gobierno que tiene, pero de las segundas, de las que he llamado de “grupos” quiero comentar un caso que he leído en la prensa local de Tarragona, el de un barrio residencial, Cala Romana, que se ha quedado sin cobertura de telefonía móvil, con todos los inconvenientes que esto supone en el siglo XXI, porque alguien con poder y probablemente en su derecho para hacerlo, logró que se desmontara la antena de comunicación. Una historia similar a la que también padecen en otra localidad turística, Vila Fortuny, sembrada de chalés de gentes de media Europa que vienen a pasar en ella sus días de vacaciones y se encuentran con que no pueden usar apenas el móvil ni el ordenador portátil. Son las historias de esta España cainita.

Es la historia de Antonino que, como se cuenta en La muerte y las cerezas, está “malvendiendo su tiempo”, la de los grupos de ciudadanos a los que los intereses de los demás no les dejan vivir sin asfixia y es la historia de dictadores y ruines gobernantes que ponen hierro y cadenas a las vidas.

Es, por lo tanto, interesante la lectura de La muerte y las cerezas.


José María Fernández Gutiérrez
Acerca del Autor:
Catedrático de Lengua Española de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona
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