| Aunque la noche delire como un pájaro en llamas |
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| Colaboraciones - Personal | |
| Escrito por Víctor Llano | |
| sábado, 20 de febrero de 2010 | |
Tengo un amigo que me aconseja que me vaya, que si mis padres volvieron a España con más años yo puedo abandonarla con algunos menos, que pierda toda esperanza, que no sabré del 11-M, que no damos para más, que no tenemos remedio, que no cambiaremos nunca, que todo será más de lo mismo cuando llegue el mariachi que nació de la peineta de Aznar, que con el heredero -ya de buen año, calvo y cuarentón- nada cambiará, que a nadie afectará alguna verdad que yo pueda escribir, que para la leche que da la vaca que se la beba el ternero, que de nada me servirá esperar por una jueza que todavía no ha decidido si empapela o no a dos de los pagafantas que participaron en la no investigación de la masacre de Madrid, que la copa, como la vida, ya está rota, que así se quedará, que lejos de aquí también podré ver los regates de Agüero y escuchar las coplas de Pasión Vega, que ya me cerraron el bar de la esquina, que no tardarán en tirar el Calderón, que fuera me dolerá menos lo que ocurra, que siempre podría regresar, que pruebe a ver cómo me va, que hay que saber perder y retirarse a tiempo, que ya me vale, que ya me rinda, que ya lo acepte, que ya lo deje, que me pire.Lo sé. No le falta razón a mi amigo. Es asturiano. De la rama de los sabios y buenos. Casi me dobla en edad y en talento. Le pesa lo que no hizo. Cincuenta años atrás consiguió cien permisos y rellenó mil formularios. Pero le asustó no poder regresar y el barco se marchó sin él. Además -¿para qué engañarnos?- también estaba la chica de los ojos negros que ahora le mira con ternura desde más allá de las estrellas. Porque me quiere bien -casi tanto como quiso a mi padre- y porque está convencido de que aquí, y durante muchos años, sólo podremos aspirar a más de lo de siempre, mi amigo me aconseja que haga lo que él ya no hará. ¿Qué podría contestarle? Le sobran argumentos. A mí desengaños. Y sé, que ya sin remedio, no se demorará el día en el que me arrepienta de no seguir su consejo. Cada poco me pregunto por qué no lo intento. Pero entonces, cuando está cerca de vencerme la melancolía y ya no puedo con mi alma, cuando “la noche delira como un pájaro en llamas”, le recuerdo a mi amigo unos versos de una canción de Sabina: “ya no sueña aquel niño que soñó que escribía, ... He llorado en Venecia, me he perdido en Manhattan, he crecido en La Habana, he sido un paria en París, México me atormenta, Buenos Aires me mata. Pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid. Pero siempre hay un niño que envejece en Madrid”. ¿Cómo explicarle a mi amigo por qué, “a mitad de camino entre el infierno y el cielo, yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid”? No sabría. No sé qué me retiene aquí, cerca de Las Vistillas y del Puente de Los Franceses. Será el miedo al miedo. O lo mucho que vive Fidel Castro. O acaso que ya es tarde para retirarme a tiempo, que no sé cómo rendirme y que aún no perdí toda la esperanza. Sí. Tal vez sea por eso que siempre me bajo en Atocha y me quedo en Madrid. |
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